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¿Por qué votan por Donald Trump?
La radiografía del pueblo herido de Norteamérica
Trump ha empezado a encarnar los sentimientos de esa parte de la población estadounidense que durante los últimos ocho años ha guardado con cautela.
En un principio, la aspiración presidencial de Donald Trump fue vista como el simple capricho de uno de los multimillonarios más excéntricos de Estados Unidos. Sin embargo, tras nueve meses de campaña, el precandidato del Partido Republicano se posicionaba como el más fuerte aspirante para representar a esa colectividad en las elecciones de noviembre, en las que se elegiría al sucesor del entonces presidente Barack Obama.
Trump había intentado ser candidato presidencial en el año 2000, cuando, en una campaña modesta, ganó las primarias del desconocido Partido de la Reforma. Para ese momento, ya había apoyado económicamente a varios candidatos demócratas y republicanos, y los rumores sobre sus aspiraciones presidenciales no eran ajenos en Washington.
Fue en la primavera de 2015 cuando el magnate de raíces alemanas consolidó formalmente su proyecto presidencial, iniciando una carrera política que, contra todo pronóstico, creció con fuerza y velocidad. Para muchos en el círculo político estadounidense, su ascenso se explica por su discurso populista y agresivo, así como por la maquinaria publicitaria que financió de forma independiente en los 50 estados del país.
Pero más allá de ser considerado el “showman” de la contienda, Trump comenzó a encarnar los sentimientos de una parte del electorado que, durante los últimos ocho años, había reprimido emociones ligadas a la xenofobia, el racismo, la superioridad nacional y la nostalgia. La ebullición de estos factores dio forma a una propuesta política basada en la idea de que Estados Unidos ha sido víctima de la inmigración ilegal, el narcotráfico, el terrorismo islámico y la economía invasiva de China.
Así, sus discursos viscerales contra los años de gobierno demócrata encendieron entre sus seguidores un ferviente deseo de “ver a su nación alzarse nuevamente”. Ese anhelo tiene raíces profundas en el recuerdo de épocas de gloria, cuando Estados Unidos era visto como la primera potencia mundial y el sueño americano se expandía por todo el continente como refugio frente a dictaduras, conflictos sociales, hambre y corrupción.
Sin embargo, más allá de querer verlo en la Casa Blanca, hay en Norteamérica un pueblo herido en su orgullo, que ha forjado su país a sangre y fuego, y que busca, por todos los medios, demostrar que aún es el guardián del mundo, el dueño del continente y el defensor de la democracia. Para ese sector, Trump representa al líder americano que nunca debió ser reemplazado, mucho menos por el primer presidente afroamericano, y definitivamente no por la primera mujer presidenta.






